Hacia el año 900 d.C. el suroeste norteamericano volvió a sufrir una más de sus periódicas sequías. Decenas de culturas vieron su subsistencia amenazada. Algunas de las tribus habían oído hablar de unas legendarias tierras fértiles al sur. A falta de mejor opción, lentamente se pusieron en marcha en un arduo camino a través del desierto.
Unos doscientos años después del inicio de estas migraciones uno de estos pueblos llegó por fin a esta tierra prometida, la cuenca central de México. Las leyendas eran ciertas y aquí se podía cultivar el maíz con facilidad. Pero esta tribu había llegado demasiado tarde y todo el territorio había sido ya conquistado. Así, los guerreros de la tribu se ofrecieron como mercenarios al resto de tribus a cambio de poder instalarse en algunas tierras y cazar ocasionalmente.
El año 1299 el jefe de la tribu, Huitzilihuitl, (“Pluma de Colibrí”) decidió que ya eran suficientemente fuertes como para imponerse y hacerse con tierras. Se proclamó a sí mismo tlatoani, “portavoz” del grupo, y por tanto rey independiente que ya no pagaría tributos ni trabajaría de mercenario. Fue un gravísimo error de cálculo.
El rey Coxcox de los culhuas decidió meter en vereda a los rebeldes y dirigió en persona la fuerza de seis tribus que reunió contra Huitzilihuitl. No hubo piedad. Dejaron vivos a solo unos pocos guerreros para llevarlos como prisioneros a las ciudades que los habían derrotado y sacrificarlos. Las mujeres jóvenes fueron repartidas para convertirse en concubinas, entre ellas la hija de Huitzilihuitl, Chimalxochitl (“Flor de Escudo”), que fue llevada a Culhuacan, la capital de los culhuas, con su ropa destrozada y exponiéndola. Huitzilihuit rogó a Coxcox que le diera a su hija nuevas ropas, pero Coxcox decidió que prefería seguir humillándola.
Los días pasaron, con Flor de Escudo atada de pies y manos en la plaza de la ciudad esperando saber cuál sería su destino. Mientras tanto los culhua estaban peinando los alrededores en busca de supervivientes de la batalla. Poco a poco fueron llegando a Culhuacan, algunos capturados, otros forzados por el hambre. Hasta ahora Flor de Escudo había aguantado como había podido, pero verse humillada ante su pueblo fue demasiado. Y en este momento se ganó el otro nombre con el que se la conoce, Chimalexochitl, Flor Portadora de Escudo.
Flor Portadora de Escudo pidió a los suyos que le pintaran marcas blancas y negras como marcaba la tradición, se levantó y gritó a sus captores que estaba dispuesta a que la sacrificaran y que los culhuas eran unos cobardes por no atreverse a hacerlo. Los culhuas encendieron la hoguera. Con lágrimas en los ojos, Flor Portadora de Escudo gritó: “pueblo de Culhuacan, me voy con mi dios. Los descendientes de mi pueblo serán grandes guerreros y lo pagaréis”.
Décadas después la profecía de Flor Portadora de Escudo se haría realidad. Su pueblo era nada más y nada menos que los aztecas, que tras volver a hacerse fuertes, conquistaron no solo Culhuacan, sino todo el valle central de México, dominándolo a sangre y fuego.
No sabemos si se puede extraer alguna enseñanza de esta historia. Quizás que no hi ha rival petit. Quizás es una nueva advertencia contra la soberbia que tantas veces hemos denunciado en estas editoriales. O quizás que es uno de los casos más gloriosos y épicos de lo que hoy en día se llama FAFO (“Fuck Around and Find Out”) o como preferimos nosotros con el dicho tradicional, “tal faràs, tal trobaràs”, perfectamente aplicable a situaciones de hoy en día que aparte de terriblemente trágicas para los inocentes implicados resultan ser bastante patéticas para quienes meses o años antes danzaban creyendo en su victoria.
Disfrutad de estos días de descanso y nos vemos a la vuelta.