El 12 de julio de 1892 nacía en Drohobycz, entonces parte del Imperio Austro-Húngaro, Bruno Schulz, el tercer hijo de una familia de comerciantes judíos. Los Schulz vivían en la planta superior de una pequeña casa, el número 12 de la plaza del mercado. En la planta baja estaba la mercería de la familia, regentada por el padre, Jacob, aunque la tienda llevaba el nombre de la madre, Henrietta, ya que se había podido abrir gracias a la dote que aportó al matrimonio.

Plaza del Mercado de Drohobycz. La tienda y casa de los Schulz es la primera casa del fondo, a la derecha de la torre

El idioma del hogar de los Schulz era el polaco, aunque Bruno también aprendió el alemán de su madre. En la vertiente religiosa no era una familia muy practicante, pero eso no quiere decir que Bruno fuera indiferente a los rituales y los mitos, con lo que tenía un gran interés en asistir a servicios religiosos, incluso de otras religiones. En la edad adulta algunos llegaron a pensar por esto que Schulz se había convertido al catolicismo, pero no fue así.

Bruno Schulz tenía desde niño una salud frágil, unida a una enorme timidez frente a otros niños, con lo que su llegada a la escuela en 1902 no fue fácil. Era un gran estudiante y aunque sus compañeros le consideraban el “rarito” por su tendencia al aislamiento, pronto comenzaron a respetarle por su excelencia académica, al igual que los profesores. Donde destacaba especialmente es en dibujo y según contó en su madurez en una carta a su amigo Witkiewicz, desde muy temprana edad:

Los comienzos de mis dibujos se pierden en una niebla mitológica. Antes incluso de poder hablar, cuando cubría cualquier trozo de papel y los bordes de periódicos con garabatos que llamaban la atención de todos”

Unida a su timidez, Bruno tenía una manera de hablar para sí mismo que hacía aún más difícil sus relación con otros. Y ya desde una temprana edad muchos de sus dibujos marcaban una tendencia hacia el masoquismo. Todo unido llevó a muchos debates en casa sobre su salud física y mental. Su madre estaba muy dedicada a él pero no era capaz de entender el carácter de su hijo, siendo ella tan optimista y práctica. Su padre en cambio, a pesar de no ser tan atento y afectuoso como su madre, en este aspecto era más cercano a él, un hombre conocido en la ciudad como “el tendero soñador”. También era de una salud frágil y siendo Bruno aún joven, contrajo tuberculosis y después tuvo un cáncer. Incapaz de seguir ocupándose de la tienda, finalmente tuvieron que cerrarla, poniendo la situación económica de la familia en la absoluta precariedad.

Bruno y su padre Jacob retratados por Bruno en una ilustración del relato Sanatorio bajo el Reloj de Arena

Bruno Schulz estuvo escolarizado de 1902 a 1910 en el Instituto Emperador Francisco José de Drohobycz, con notas brillantes en todos los cursos y obteniendo un certificado con distinción al acabar sus estudios. En este último curso los Schulz tuvieron que dejar la casa de la tienda para mudarse a la casa de la hija mayor, Hania, y su marido Ludwik, en la calle Bednarska. A la tragedia de abandonar el hogar familiar, se sumaría otra desgracia: el cuñado de Bruno, Ludwik, contrajo una enfermedad incurable y decidió suicidarse.

Tras acabar las vacaciones de 1910 Bruno dejó por primera vez Drohobycz para estudiar arquitectura en Lwów (hoy Lviv). No se sentía a gusto lejos de su familia y su ciudad y sus estudios tampoco acababan de ser satisfactorios. Había escogido arquitectura simplemente porque su hermano mayor le había sugerido que sería más rentable que la pintura. Tras el primer curso su salud hizo el resto y tuvo que volver a casa para quedarse en cama con neumonía y un problema en el corazón. No volvió para continuar sus estudios hasta el curso 1913-1914. Pero tras este curso, la salud, los problemas económicos y las dudas de continuar pusieron muy difícil seguir. La historia decidió también poner de su parte y el verano de 1914 comenzaba la Primera Guerra Mundial.

La delicada salud de Jacob Schulz hacía imposible huir del avance ruso hacia Drohobycz, así que los Schulz permanecieron en su casa, una casa convertida en un pequeño hospital en el que Henrietta se ocupaba de su marido y de Bruno. Finalmente Jacob Schulz sucumbió a su enfermedad el 23 de junio de 1915. Sellando de una manera muy simbólica el final de una etapa y de un mundo, más o menos por esas fechas la antigua casa familiar y la tienda ardieron durante combates en la ciudad.

Los años siguientes fueron duros en el hogar de los Schulz. Henrietta pasó ahora a ocuparse de una hija viuda y dos nietos. Bruno a su vez había perdido a su padre, su primer hogar y sus estudios. Al menos pudo sentir el alivio de no ser movilizado dada su frágil salud. Trató de reanudar los estudios casi al final de la guerra en Viena, pero la caída de la monarquía y el caos posterior acabaron de una vez por todas con sus planes de ser arquitecto. Su estancia en Viena además le había permitido admirar galerías de pintura y asistir a conferencias, con lo que quedó convencido de que la pintura era su único camino. Por ahora de todas maneras solo quedaba la opción de volver a Drohobycz y empezar de nuevo.

Y el retorno fue una curiosa condena a volver literalmente al principio. El 3 de septiembre de 1924 volvía como profesor de dibujo y manualidades a su antiguo instituo, ahora renombrado Instituto Estatal Rey Ladislao Jagellón. Desde el final de la guerra había pasado años en el desempleo, pero llenos de lectura y reflexión, en la trastienda de la librería del padre de su antiguo compañero Mundek Pilpel, y tomando prestados libros de las estanterías, ya que obviamente no tenía dinero para comprarlos. Estos años de supuesta inactividad fueron cruciales para desarrollar su literatura y su pintura. Volveremos más adelante a esta época, en un continuo ir y venir de fechas como reflejo del “no-tiempo” en el que vivió Schulz y sus múltiples facetas.

El instituto de Bruno Schulz en una imagen actual

Schulz comenzó su trabajo de manera precaria, ya que oficialmente no tenía los títulos necesarios para enseñar. En abril de 1926 tuvo que presentarse a un examen de certificación de la Academia de Bellas Artes de Cracovia, que superó sin dificultades. Pero esto tampoco fue suficiente. A pesar de todo las autoridades le permitieron seguir enseñando siempre y cuando cumpliera con el resto de papeleos y formalidades necesarios en los años siguientes. En octubre de 1928 hizo otro examen pero aún así seguía como profesor temporal. La situación no se resolvería definitivamente hasta un decreto del 8 de marzo de 1932.

Además de la carga de la enseñanza, Bruno pasó a ser el que se ocupaba de la familia. Vivía con su madre hasta que falleció en 1931, junto con su hermana mayor Hania, los dos hijos de Hania, Ludwik y Zygmunt, y una prima anciana. Hania y Zygmunt sufrían una enfermedad mental. Ludwik al llegar a la edad adulta se casó con una actriz de Lwów y se marchó de un hogar familiar pleno de un aura extraña y lúgubre y sumido en la pobreza.

El trabajo de Schulz como profesor era abrumador y le causaba una constante insatisfacción. A pesar de eso sus alumnos tenían un gran recuerdo de él y de las excelentes clases que daba. Una de las actividades que todos recordaban años después eran los cuentos de hadas que narraba de manera improvisada mientras iba haciendo ilustraciones en la pizarra. Durante su clase el tiempo se suspendía y todos vivían en el extraño y fantasioso mundo de las narraciones de Bruno. Eran breves momentos en los que Bruno Schulz se manifestaba como realmente era.

Y es que en todos estos años mientras llevaba su vida de profesor, en paralelo estaba desarrollando su faceta artística. En 1922 había expuesto dibujos por primera vez en Varsovia, y en los años siguientes hubo otras exposiciones en Wilno (Vilna), Lwów y Cracovia. Una de estas exposiciones causó un cierto escándalo. En el verano de 1928 expuso algunos de sus dibujos y cuadros en el cercano balneario de Truskawiec. La exposición fue un éxito hasta que presentó una queja uno de los huéspedes del balneario, el senador Maximilian Thullie, del Partido Demócrata Cristiano. Thullie ordenó el cierre inmediato de la exposición de según él “repugnante pornografía”. El gobernador local decidió ignorar la orden del senador y la cosa no fue a mayores. Bruno consiguió vender casi todos sus dibujos, aunque por poco dinero ya que le daba miedo pedir más.

Pero las obligaciones de profesor llenaban año tras año la vida de Schulz. Era además un profesor entregado que colaboraba en la revista de los estudiantes, hacía las decoraciones de las festividades del instituto y tenía que atender otras obligaciones del cargo como conferencias o clases de manualidades. La enseñanza fue continuamente para Bruno una servidumbre que encima ni siquiera le permitía ganarse bien la vida, pero a pesar de todo como hemos dicho siempre fue recordado como un excelente profesor estimado por sus alumnos.

Ahora viajamos atrás en el no-tiempo de Bruno Schulz. No está claro en qué momento comenzó sus intentos de escribir, pero todo apunta a entre 1925 y 1926. Schulz explicó en muchas de sus cartas que a pesar de su timidez y soledad era alguien que necesitaba el estímulo externo de otra persona, un compañero con el que intercambiar ideas y hacer descubrimientos. Esa primera persona fue Wladyslaw Riff, un estudiante de filología que había tenido que abandonar sus estudios al contraer tuberculosis e instalarse en un sanatorio en Zakopane. Allí es donde Bruno le conoció e iniciaron una correspondencia. Riff había probado a escribir tanto prosa como poesía y parece que este fue el estímulo que necesitaba Bruno. El tiempo que pudieron intercambiar ideas fue breve ya que Riff falleció de tuberculosis el 25 de diciembre de 1927, pero la influencia en Schulz fue el impulso que necesitaba para escribir.

A falta de su único lector, Schulz continuó escribiendo en solitario en diversas libretas y cuadernos. A lo largo de estos años estos cuadernos se fueron llenando de diversas historias, sin ninguna anotación de las fechas en las que fueron compuestas y publicadas años después sin un orden cronológico, viviendo estas historias también en el no-tiempo schulziano.

En 1930 Schulz visitó varias veces al escritor y pintor Stanislaw Ignacy Witkiewicz también en Zakopane, como a Riff, y en estos encuentros Bruno conoció a una nueva compañera que sería absolutamente crucial para su obra: la escritora Debora Vogel. Debora y Bruno descubrieron una afinidad intelectual y labraron una profunda amistad que se tradujo en largas horas de paseo y conversación durante numerosas ocasiones a lo largo de varios años en Lwów, además de una abundante correspondencia.

Debora Vogel, años 30

En estas cartas comenzaron a desarrollarse sorprendentes historias mitológicas ambientadas en un Drohobycz mágico y en un tiempo sin continuidad. Estas historias acabarían cristalizando en el libro titulado Las Tiendas de Canela. Debora quedó fascinada con las historias y se las mostró a su amiga la periodista Rachel Auerbach, que comenzó a ponerse manos a la obra para conseguir su publicación. La continua insistencia de Debora y Rachel dio frutos cuando por fin captaron el interés de la escritora Zofia Nalkowska. Bruno viajó a Varsovia el Domingo de Pascua de 1933 con su manuscrito para encontrarse primero con una amiga de Zofia, Magdalena Gross. Según narró otra amiga allí presente, Alicja Giangrande, al llegar Schulz le dijo a Magdalena:

“ ‘El destino de mi libro depende de ti. Sé que eres amiga de Zofia Nalkowska y si la llama y le pides que me vea, no te dirá que no. Hazlo, por favor, sólo tengo esta tarde y el tren de vuelta sale esta noche’. Magdalena fue a telefonear a Zofia Nalkowska. No sé qué argumentos empleó Magdalena, pero minutos después anunció triunfalmente: ‘coge un taxi ahora mismo y ve a esta dirección’. Schulz salió, prácticamente empujado por Magdalena y yo, pero cuando estábamos en las escaleras dijo: ‘¡mi maletín!”. Los tres volvimos al apartamento. El pobre Bruno estaba pálido y le temblaban las manos. Por fin subió al taxi y volvió una hora después, mucho más tranquilo. Nos dijo: ‘Nalkowska me pidió que leyera las primeras páginas y después me pidió que me marchara, ya que quería leer ella sola el manuscrito’. Schulz se paseaba constantemente por el salón y no quería tomar nada. Finalmente a las siete de la tarde sonó el teléfono. Era Zofia, que le dijo a Magda: ‘¡Es el descubrimiento más sensacional de nuestra literatura! Mañana iré corriendo a ver a Rój [un editor] para que se publique inmediatamente’. Cuando Magda le explicó esto a Bruno, se quedó completamente anclado al suelo, paralizado. Tuvimos que sacudirle y abrazarle varias veces para revivirlo”.

Zofia Nalkowska, años 30

Y así a finales de diciembre de 1933 veían la luz en forma de libro Las Tiendas de Canela. Parte venían de las historias escritas en soledad por Bruno tras la muerte de Riff, pero la mayor parte son fruto del intercambio con Debora. La relación era profunda pero en un aspecto intelectual y cuando Bruno se planteó que podría ser algo más y quiso casarse con Debora, la familia Vogel se opuso con firmeza. Poco antes de la publicación de Las Tiendas de Canela Debora se casó con un arquitecto llamado Barenblüth. Cuando en 1938 el compromiso de Bruno con Józefina Szelinska acabó fracasando, Schulz le propuso a Debora retomar el contacto. Pero tras un encuentro, Debora contestó demoledoramente:

Me he quedado con un resto de insatisfacción: tú y yo ayer realmente apenas hablamos y solo tuvimos superficiales conversaciones intelectuales. Tanto engaño, tantos sentimientos artificiales y mecánicos (…) Quizás ahora ya no queremos abrirnos tanto el uno al otro (…) Nuestras antiguas conversaciones fueron uno de estos momentos raros y maravillosos que ocurren una sola vez en la vida, y quizás incluso solo una vez en un pequeño número de vidas sin emoción ni esperanza”.

A pesar de todo el contacto se mantuvo, pero solo por carta. La Segunda Guerra Mundial precipitaría el final de este contacto, el más importante para Bruno y el que permitió que hoy día le conozcamos también como un escritor.

CONTINUARÁ