Desde que existimos como especie hemos tenido un afán por explorar el mundo. Desde África caminamos hasta que no pudimos caminar más. Y cuando eso ocurrió, nos las ingeniamos para construir barcos y poder cruzar el mar.
Muchos fueron los peligros a los que nos tuvimos que enfrentar: tempestades en el océano, huracanes, corrientes y vientos que impedían avanzar, hambre y sed por no alcanzar tierra firme a tiempo, enfermedades… y además otro enemigo que muchas veces no se manifestaba hasta que era demasiado tarde.

El teredo, gusano de la madera o broma es un género de criaturas marinas que a primera vista podría parecer un gusano. Pero se trata en realidad de un bivalvo que se ha especializado totalmente en alimentarse de madera. Cuando el teredo nada libre en forma de larva, busca una madera a la que fijarse y a continuación hace la metamorfosis. En su fase de adulto adopta la forma de gusano con dos pequeñas conchas en la parte anterior que no son más que las dos conchas típicas de un bivalvo pero altamente modificadas para perforar madera. Con sus nuevas conchas comienza a horadar la madera. Va construyendo un túnel cubierto de materia calcárea segregada por el cuerpo, dejando fuera el sifón para respirar. Y unas bacterias simbióticas que viven en su cuerpo generan celulasa que le permite digerir la celulosa de la madera perforada.

No se conoce con certeza el lugar de donde procedía el teredo, pero parece ser que su hábitat original era el Atlántico noreste. Y allí habría vivido discretamente durante siglos y siglos hasta que llegó un golpe de suerte. Nuestra especie decidió navegar y el material que consideró más adecuado para construir embarcaciones fue la madera. Y así se abrió todo un mundo para el teredo a medida que se abría para nosotros.
Existen ya registros de los estragos del teredo desde la Antigüedad. Dado que ha de vivir en el agua, la parte de la madera del barco que ataca es la que está sumergida y fuera de la vista, así que salvo que se tuviera que llevar el barco a un dique para hacer reparaciones muchas veces no se apreciaban los daños hasta que era demasiado tarde y la embarcación se deshacía en pedazos en pleno mar. El naufragio sufrido por Colón en su cuarto viaje fue provocado precisamente por los daños causados por el teredo.

A lo largo de los siglos se buscó todo tipo de remedios y se probaron todo tipo de medidas. Se probaron diversos productos. Se probó a entrar en estuarios o ríos navegables y permanecer allí un tiempo ya que el teredo muere en agua dulce, pero eso no evitaba reinfecciones al volver al mar.
A finales del siglo XVIII, un escocés llamado Archibald Cochrane hizo un descubrimiento que pensó que podía permitir ganar la guerra al teredo. Era un noble con grandes conocimientos científicos y un afán por la invención. Había hecho experimentos calentando carbón en un horno de fundición, consiguiendo así producir coque, amoniaco y creosota. El coque se podía vender a fundiciones para alimentar hornos y el amoniaco a imprentas, pero Cochrane decidió centrarse en la creosota, una especie de alquitrán.

La Royal Navy ya usaba otros alquitranes en grandes cantidades para impermeabilizar los barcos y otros usos, pero usaba principalmente un alquitrán importado de Suecia y por tanto caro y con posibilidad de verse interrumpido el suministro en caso de guerra. Cochrane pensó así que la creosota, producida localmente con el carbón de Inglaterra podía suplir a este alquitrán sueco y además usarse para cubrir el casco de los barcos y formar una barrera que impidiera el paso al teredo. Si lo conseguía tanto la Royal Navy como la marina mercante necesitarían enormes cantidades y Cochrane podría hacer fortuna.
Con esta idea en 1783 registró la patente del método de producción de creosota y construyó cuatro hornos de fundición en Culross, Escocia. En 1785 publicó un documento explicando las bondades y usos de la creosota y decidió constituir con varios socios la British Tar Company.

Por desgracia Cochrane llegó demasiado pronto para los enormes usos que tendría el alquitrán en el siglo XIX y demasiado tarde para el teredo. La Royal Navy llevaba unos años probando a forrar los barcos con placas de cobre y el resultado fue tan exitoso que ordenó de inmediato que se aplicara en todos sus barcos. Era un método caro y laborioso, pero el proyecto ya estaba comenzado así que cuando Cochrane llegó con su alternativa más barata, ya era demasiado tarde.
Con la marina mercante tampoco hubo éxito. Cochrane visitó varios astilleros pero no hubo mucho interés. En un astillero de Londres le dijeron la cruda verdad: que los beneficios de los astilleros dependían tanto de construir nuevos barcos como de repararlos. Así que el teredo en realidad era una bendición para ellos.

Desanimado por estos fracasos, Cochrane volvió a volcarse en su alma de inventor y se desentendió de los negocios, a pesar de la enorme inversión hecha y de las advertencias de sus amigos. Podría haber encontrado muchos clientes para los productos de la British Tar Company, pero prefirió ponerse a investigar la producción de sales de amonio y otros inventos. En 1793 se vio forzado a vender casi todas las propiedades de la familia para salvarse de la ruina.
Y esto tuvo otro efecto que en ese momento parecía irrelevante pero que daría a la Royal Navy uno de sus mejores capitanes. Desde hacía años Archibald estaba empeñado en que su hijo Thomas hiciera carrera en el ejército, en contra del deseo de Thomas de alistarse en la Royal Navy. Ahora se había declarado la guerra a Francia, pero no estaba claro que se recurriera al ejército y en cambio sí a la Royal Navy, con lo que alistarse en la marina era contar con un trabajo y sueldo seguros. La situación de bancarrota y la pérdida de la herencia que debía recibir Thomas hizo a Archibald cambiar de idea y por fin permitió a su hijo unirse a la tripulación del barco comandado por su hermano Alexander. Iniciaba así su carrera Thomas Cochrane, uno de los más brillantes capitanes de su época. Pero esto es otra historia…

El teredo mientras tanto todavía disfrutó de su esplendor durante unas décadas más pero la llegada de los cascos de acero le hizo volver a retroceder a la oscuridad. Aún así de cuando en cuando todavía depara sorpresas en muelles de madera sin mantenimiento o abandonados. Y es considerado una delicia en lugares del Sudeste asiático, ya que a fin de cuentas, a pesar del aspecto repugnante, no es un gusano sino una alargada almeja.