La ocupación alemana de Drohobycz trajo consigo todos los mecanismos del exterminio. Por lo pronto Bruno aún pudo seguir viviendo en la casa de la calle Florianska. Por recomendación de amigos también envió algunas de sus obras al Judenrat, la administración judía colaboracionista, solicitando el estatus de “trabajador necesario”.

Los dibujos de Schulz llamaron la atención de un oficial de la Gestapo, el Hauptscharführer Felix Landau, un fabricante de armarios que tenía ínfulas de arquitecto y artista. Landau hizo varios encargos a Bruno y le otorgó la ansiada categoría de “trabajador necesario”, con el correspondiente salvoconducto que lo protegía de redadas y de ser enviado a un campo.

Felix Landau nació en 1910 en Viena de padre desconocido. Al año siguiente la madre de Felix se casó con un judío que le dio el apellido Landau al niño. En 1925 Landau se afilió a las Juventudes Nacional Socialistas, mientras aprendía el oficio de fabricación de muebles. En 1931 fue aceptado en el Partido Nazi y poco después en las SS. Participó como miembro de las SS en el Golpe de 1934 en el que fue asesinado el canciller austriaco Engelbert Dollfuss. Landau fue condenado a prisión hasta 1937. Tras su liberación huyó a Alemania. Tras el Anschluss regresó a Viena como miembro de la Gestapo. En 1940 le destinaron a Radom, Polonia. De allí le enviaron a Lwow y en 1941, poco después de la ocupación, a Drohobycz.

Su función oficial en Drohobycz era la organización de los trabajadores judíos, pero su verdadero trabajo fue organizar y perpetrar numerosas masacres. Vivía en el número 12 de la calle Jan con su novia y el hijo de ambos y varios testigos cuentan que uno de sus pasatiempos era disparar a judíos que trabajaban en los jardines de enfrente, la mayoría de las veces con consecuencias letales.

Schulz era perfecto para ser protegido por Landau. Era un artista y hablaba alemán y Landau se las daba de protector de las artes. Le encargó a Bruno varios retratos, pero a Landau le interesaban sobre todos los “frescos”, como llamaba él a cualquier pintura sobre una pared. Además de realizar varios dibujos y pinturas en edificios usados por la administración alemana y de los que no ha quedado ningún rastro, Schulz recibió el encargo de decorar la habitación del hijo de Landau.

Bruno comenzó este trabajo en primavera o principios del verano de 1942, con la ayuda de uno de sus antiguos alumnos, Emil Górski. Como relató Emil años después:

“El siguiente encargo fue pintar ‘frescos’ en la habitación del hijo de Landau. Schulz me pidió que le ayudara y así en esas circunstancias inusuales pude conocer su proceso artístico. Pintábamos escenas de cuentos de hadas, Schulz hacía el dibujo entero de la composición y yo pintaba ciertos detalles. Schulz permaneció fiel a su principio creativo: en las pinturas de la habitación del niño, en el escenario fantástico de los cuentos de hadas, los caballeros, reyes y escuderos tenían los rasgos absolutamente ‘no arios’ de las personas entre las que vivía Schulz. Su parecido con las caras demacradas y torturadas que Schulz tenía en la memoria era extraordinario. Aquí estas personas atormentadas, trasladadas a través de la imaginación de Schulz desde el mundo de la trágica realidad, se encontraron en pinturas llenas de brillante riqueza y orgullo, como reyes en mantos de marta, con coronas de oro en sus cabezas, sobre hermosos caballos blancos como caballeros con armadura, espada en mano, o sentados en carruajes de oro”.

No fue al parecer la única venganza de Bruno Schulz contra los nazis. Otro de los encargos fue una pintura para la cantina de la Gestapo, en la que Schulz pintó un gran banquete con una mesa repleta de comida y sirvientes que servían vino. Un oficial de alto rango de la Gestapo que hizo una inspección de la cantina describió la pintura como “una típica pintura judía”.

Aún en esta situación tan horrible aún quedaba un retazo del antiguo Bruno Schulz. Aún pudo mantener contacto por correspondencia con su amiga Anna Plockier, que vivía en Boryslaw. En sus cartas seguía hablando de arte como siempre. Mientras tanto amigos de Varsovia trataron de ayudar a Schulz y a Anna Plockier y su marido Marek y les consiguieron documentos falsos. Pero a Bruno le paralizaba el terror de ser capturado, además que no quería dejar atrás a su hermana, su sobrino Zygmunt y su prima. Decidió seguir confiando en que el orgullo de Landau por tener un “amigo” artista le siguiera protegiendo. Los Plockier sí se decidieron a intentarlo, pero no huyeron a tiempo. Fueron capturados en el segundo pogrom masivo perpetrado en Boryslaw y ejecutados y enterrados en una fosa común junto a otros cientos en un bosque de Truskawiec, justo en el lugar en el que se ambientaba el relato de Schulz “La República de los Sueños”.

Bruno (izqda.) y Anna Plockier (dcha.) con unos amigos en una foto anterior a la guerra

Cuando las noticias le llegaron a Bruno, sufrió una fuerte impresión de la que no se recuperaría. Justo en este momento también fue forzado a abandonar su casa e instalarse en el gueto de Drohobycz, en una pequeña casa en el número 18 de la calle Stolarska. Al tener que dejar atrás sus pertenencias, Schulz se puso a intentar salvar sus obras. Entregó sus manuscritos y dibujos a, según dijo, “unos católicos que vivían en el gueto”.

Las condiciones del gueto eran atroces. Bruno y su familia tenían que mantenerse con una ración de sopa y de pan al día. Los que sobrevivieron al gueto cuentan que Schulz, a pesar de estar en un estado de salud cada vez más delicado, tomaba incansablemente notas de lo que sucedía hasta recopilar unas cien páginas con la idea, según explicaba con un hilo de voz, de escribir una obra sobre el martirio más terrible de la Historia. A su vez escribía cartas cada vez más desesperadas y confusas a sus amigos de Varsovia. Estos vieron que Bruno no podría escapar por sí solo y que necesitaría que alguien le sacara. Tras conseguir nuevos documentos falsos y organizarlo, se fijó el 19 de noviembre de 1942 para intentar la huida.

No era por supuesto la única persona haciendo planes de huida. Por pura casualidad, la mañana del 19 de noviembre un farmacéutico del gueto llamado Kurtz-Reines puso en marcha su plan para huir a Hungría. Al pararle en la calle un nazi llamado Hübner, Kurtz-Reines sacó una pistola e hirió a Hübner. De inmediato las SS comenzaron lo que llamaban una “acción salvaje”, es decir, una masacre indiscriminada.

Días antes del 19 de noviembre había ocurrido otro hecho que acabaría sentenciando a Bruno. Felix Landau había matado a un dentista de Drohobycz llamado Löw y que era el protegido de otro miembro de la Gestapo, el Scharführer Karl Günther. Landau y Günther eran enemigos desde hacía tiempo y Günther decidió buscar venganza. La “acción salvaje” del 19 de noviembre le dio la oportunidad. Fue al gueto a buscar a Schulz y lo encontró en el cruce de las calles Czacki y Mickiewicz. Bruno iba ese día acompañado de su amigo Izydor Friedman, que fue testigo de lo que ocurrió a continuación:

“Cuando oímos los disparos y vimos a gente huir, nosotros también nos pusimos a correr. El oficial de la Gestapo Günther cogió a Schulz, le sujetó, le puso su pistola en la cabeza y disparó dos veces. Por la noche volví para recoger el cuerpo de Schulz. A la mañana siguiente lo enterré en el cementerio judío”.

Cruce de las calles Czacki y Mickiewicz donde murió Bruno en una foto anterior a la guerra

Según otros testigos, cuando más tarde Günther se encontró a Landau, le anunció triunfalmente: “tú mataste a mi judío, he matado al tuyo”. Y así, por una rencilla entre dos sujetos despreciables, terminó la vida de uno de los genios artísticos y literarios del siglo XX, junto a más de un centenar de judíos.

En su historia “El Cometa” Bruno había imaginado el final de un mundo así:

“Y así fue, así ocurrió, sin preparación y sin completarse, en un punto aleatorio en el tiempo y en el espacio, sin ajustar cuentas, sin llegar a ninguna meta, como en mitad de una frase, sin un punto o un signo de exclamación, sin sentencia…”

No queda hoy día ningún resto del cementerio judío donde reposa Bruno, cerca de las tumbas de sus padres cuyas lápidas diseñó él mismo. Muchos de sus amigos y conocidos también perecieron. Además de los Plockier, Romana Halpern, que había conseguido sobrevivir en Cracovia con una identidad falsa, fue identificada y ejecutada en 1944. Debora Vogel y su familia fueron ejecutados en agosto de 1942 en el gueto de Lwow. Y el Drohobycz que había conocido Bruno Schulz y que había sido el entorno que había propiciado crear su obra cambió para siempre.

No se sabe nada de lo acontecido a Landau desde septiembre de 1943 hasta el final de la guerra. Tras la capitulación trató de ocultarse con una identidad falsa, pero fue reconocido en 1946 en Linz por un judío de Drohobycz, uno de los escasos cuatrocientos que sobrevivieron de una población judía de diecisiete mil personas. Landau fue internado en un campo del que se fugó en agosto de 1947 y vivió libre los siguientes diez años dirigiendo una empresa de Nördlingen con un nombre falso, Rudolf Jaschke. Tras ser descubierto de nuevo y juzgado, fue condenado a cadena perpetua en 1963. Diez años después el proceso fue revisado y anulado por una formalidad legal, permitiendo así a Landau vivir libre hasta su muerte en Viena en 1983.

Por suerte gran parte de la obra literaria de Bruno Schulz ya estaba publicada antes de la guerra. Y en cuanto a pinturas y dibujos, muchos estaban en manos de particulares o instituciones y pudieron sobrevivir a la guerra. Lamentablemente, nunca se ha podido identificar a las personas de Drohobycz a las que Schulz entregó los manuscritos y dibujos que tenía en su poder, entre ellos la novela inacabada Mesías, con lo que se han perdido para siempre.

Pero sorprendentemente hubo una obra que nadie esperaba encontrar pero que sobrevivió a la guerra y que daría lugar a una rocambolesca historia.

Un director de documentales alemán, Benjamin Geissler, visitó Drohobycz en 2001 y utilizando información publicada por Jerzy Ficowski, el gran difusor y conservador de la obra de Bruno Schulz, logró localizar la casa habitada por Landau. En una de las habitaciones encontró algo surgiendo de la pintura desconchada que cubría las paredes. Eran restos de las pinturas hechas por Bruno para la habitación del hijo de Landau. Geissler notificó el hallazgo y un grupo de expertos polacos y ucranianos se pusieron manos a la obra y retirando minuciosamente la pintura comenzaron a aparecer los personajes pintados por Bruno para poder sobrevivir tanto físicamente como mentalmente. Allí estaban, décadas después, muy deteriorados pero todavía visibles.

Pocos días después se presentaron en Drohobycz tres personas que decían trabajar para Yad Vashem, el museo de Israel dedicado a preservar la memoria de la Shoah. Tras varios días en la ciudad, las tres misteriosas personas desaparecieron. Pero no solo ellos. También las pinturas de Bruno Schulz.

Tuvieron que pasar cinco meses hasta que la fiscalía ucraniana abrió una investigación. A su vez la prensa polaca y ucraniana denunció los hechos apuntando a Yad Vashem. Tras varios días de silencio, el museo publicó una nota de prensa en la que reconocía que las pinturas de Schulz habían sido trasladadas a Yad Vashem, donde, afirmaban, podían ser protegidas debidamente y alababa la colaboración de las autoridades locales de Drohobycz. En el verano de 2001 Ucrania presentó una protesta formal a Israel y al ICOM (siglas en inglés del Consejo Internacional de Museos), organismo vinculado a la UNESCO. La disputa tardó siete años en resolverse con un acuerdo para mantener las obras en Yad Vashem en préstamo durante veinte años, renovables a partir de entonces cada cinco años. En febrero de 2009 las pinturas de Schulz comenzaron a exponerse públicamente en Yad Vashem.

La polémica sigue viva y hay un intenso debate sobre a quién pertenece el legado de un escritor que tenía una nacionalidad, pertenecía al pueblo judío y vivía en una ciudad que ahora pertenece a otro país. Quizás el propio Bruno habría querido ver destruidas las obras creadas en circunstancias tan agónicas. O quizás se habría encogido de hombros y habría seguido su camino hacia la madurez en la infancia, en su no-tiempo libre de polémicas.