Tras la toma de Melos, Atenas estaba sumida en la hibris. Nada podía detener el triunfo de la democracia y podía seguir expandiéndose. Alcibiades, el gobernante de Atenas, había puesto sus miras en un nuevo objetivo.

Atenas siempre tenía escasez de cereales con los que alimentar su población. Este había sido otro de los motivos de su expansión. Pero aún no era suficiente. En el otoño del 416 a.C. comenzó en la Asamblea el debate sobre la nueva propuesta de Alcibiades: conquistar Sicilia, que no solo era una isla enorme y fértil, sino que además era aliada de Esparta al ser sus colonos procedentes de allí. La democracia ateniense se puso en acción. Los ciudadanos votaron ir a la guerra y comenzaron los preparativos.

En la primavera del 415 a.C. el puerto del Pireo bullía de actividad. Miles de ciudadanos contemplaban desde las murallas los preparativos de la expedición. Los barcos estaban pintados con colores brillantes. Sonaban trompetas y se cantaban himnos. Hasta los soldados habían sacado brillo a sus armaduras para causar más impresión. Pero a pesar de estas exhibiciones de poder y triunfo, los ciclos habituales no se podían interrumpir, y la partida de la expedición iba a coincidir con los rituales de culto a Adonis celebrados por las mujeres atenienses. El momento álgido de los rituales era precisamente arrojar al mar una efigie de Adonis muerto. No podía ser un buen augurio en el momento en el que se enviaba a jóvenes a una guerra, pero ni los rituales ni la expedición podían interrumpirse. 134 barcos con 5100 hoplitas y treinta jinetes y sus caballos partieron hacia Sicilia, con Alcibiades al frente.

La coincidencia con los rituales de Adonis no fue el único mal augurio. La noche antes de la partida ocurrió un suceso muy extraño. En casi todos los cruces de calles de Atenas había hermas, estatuas que consistían en un busto masculino sobre una columna cuadrada y a la altura anatómicamente adecuada, unos genitales, símbolo de buena suerte y fuerza. Esa noche alguien se dedicó a mutilar las narices y en algunos casos los genitales de los hermas. El ruido seguramente alertó a la gente pero por el motivo que sea, nadie dio la alarma ni se detuvo a nadie. Quizás por quién lo estaba llevando a cabo.

La travesía no tuvo incidentes. Los atenienses se encontraron en Corcira con las flotas de las ciudades aliadas y el total de 25000 soldados desembarcó sin problemas ni oposición en Sicilia. No había ni rastro de soldados espartanos que hubieran acudido en ayuda. Dada la facilidad del desembarco y seguramente no queriendo repetir las atrocidades de Melos, los atenienses no atacaron y se limitaron a irse expandiendo por tierra. Los sicilianos no respondieron. Simplemente les dejaron hacer a la espera del momento adecuado. Aunque llevara meses o años.
Mientras en Atenas ciertos rumores habían ido cogiendo fuerza. Se decía que el autor de las mutilaciones de los hermas era nada más y nada menos que Alcibiades. Por eso nadie se había atrevido a pararlo. Y parece que no había sido su único acto impío. Días atrás, decían las lenguas, había celebrado privadamente una versión de los Misterios Eleusinos que tan sagrados y secretos eran para los atenienses.
Se envió un mensaje a Sicilia para ordenar a Alcibiades que volviera para ser juzgado por sacrilegio y traición. Obviamente Alcibiades no tenía intención de obedecer. Según Tucídides el plan de Alcibiades tras conquistar Sicilia era atacar Cartago, y después quién sabe, el resto de África o el resto del mundo conocido. ¿Cómo iba a someterse al juicio de esos ancianos supersticiosos?
Públicamente de todas maneras Alcibiades se mostró cooperativo. Preparó su barco, zarpó… pero nunca llegó a Atenas. Semanas después llegaron terribles noticias. No solo no tenía intención de volver a Atenas, sino que había ido a ponerse al servicio del archienemigo. Alcibiades estaba en Esparta.
Y así pasaron dos años sin grandes avances en Sicilia. Pero el panorama lejos de allí estaba cambiando. Cada vez más ciudades estaban pasándose al bando de Esparta y el ejército en Sicilia podría verse de pronto aislado y perdido en tierras lejanas. El comandante que había reemplazado a Alcibiades, Nicias, decidió que era momento de retirarse, pero el 27 de agosto del 413 a.C. hubo una señal en el cielo: un eclipse lunar. Nicias consultó a un adivino y este le dijo que no era momento de partir y que el ejército ateniense debía quedarse en Siracusa. Nicias era profundamente religioso e hizo caso. Era la oportunidad que esperaban los sicilianos después de tanto tiempo. Un repentino ataque naval en la bahía de Siracusa supuso una derrota total para los atenienses.

Quedaban 40 mil soldados en tierra, entre atenienses y aliados. Con los barcos que podían llevarlos a casa ardiendo en Siracusa, Nicias puso en marcha el ejército para buscar un lugar seguro hasta que pudiera venir una expedición de rescate. Los sicilianos se dedicaron a lanzar acciones de guerrilla contra la columna ateniense. Tras ocho días de marcha los atenienses estaban agotados, muertos de hambre y sed y con la moral destruida por los continuos ataques.
Los sicilianos fueron empujando a los atenienses hacia el río Asinaro. A pesar de estar rodeados en un lecho de un río sin escapatoria, la sed pudo a los atenienses y en lugar de mantener las líneas defensivas se lanzaron desesperados a por el agua. Muchos murieron arrodillándose para coger agua, otros arrollados y ahogados en el barro. Algunas fuentes hablan de 18 mil muertos en el río.

En una inscripción en piedra tallada tras la Asamblea en la que se decidió la expedición, decía que los atenienses habían votado “forzar el amor al demos ateniense”. En Siracusa este amor no fue correspondido.
El destino de los 7 mil supervivientes no fue mucho mejor. Fueron llevados a una cantera a las afueras de Siracusa y los sicilianos, amantes de Eurípides, les obligaron a recitar versos para poder ser liberados. Por supuesto no era más que una burla y una tortura más. Sin comida ni bebida, amontonados y extenuados por la batalla y la recitación, los atenienses fueron cayendo uno tras otro. Los sicilianos sabían lo que había pasado en Melos y no estaban dispuestos a dar cuartel.

Y este fue el resultado de la hibris ateniense: miles de soldados muertos o desaparecidos y cientos de trirremes perdidos. En lugar de volver a Atenas victoriosos con las noticias de una nueva tierra fértil conquistada, los supervivientes volvieron traumatizados, heridos y avergonzados.
Y aún quedaba lo peor por llegar. Atenas no había tocado fondo aún.
CONTINUARÁ