En el 416 a.C. Atenas vivía la gloria de sus triunfos. Lejos habían quedado los días en que los persas habían arrasado la ciudad y puesto en fuga a la población. La victoria años después contra el invasor marcó el final de la alianza de todos los griegos y se volvió a las viejas costumbres y la rivalidad entre las ciudades. Las tensiones entre Atenas y Esparta acabaron provocando la Primera Guerra del Peloponeso, que terminó en el 421 a.C. con un empate técnico entre ambas potencias.
Mientras Esparta había construido un dominio terrestre sobre el Peloponeso, Atenas había construido una supuesta alianza de sus ciudades aliadas, la Liga de Delos, que en la práctica se había convertido en un imperio ateniense con ciudades que le rendían tributo. Todo en aras de la democracia frente a los sistemas tiránicos y oligárquicos preferidos por los espartanos.

Pero en esta gloria imperial que dominaba el Egeo había una pequeña mancha. Una incorrección que los atenienses no podían dejar pasar si aspiraban a expandir aún más su democracia. Un pequeño punto en el mapa que vivía independiente: la isla de Melos, o Milos.

Melos es una isla volcánica, la más al suroeste de las Cíclades. Rica en minerales, durante la Edad de Piedra fue poblada por la cultura minoica y después por la micénica y fue famosa por su obsidiana que permitía construir herramientas muy afiladas. Hacia el 1000 a.C. se establecieron colonos dorios, que interrumpieron el contacto y la dependencia del continente y vivieron durante siglos ajenos a las disputas y conflictos del resto de Grecia, salvo para aportar dos barcos en la segunda invasión persa que lucharon en la Batalla de Salamina.

Y así, Melos siguió su vida hasta que Atenas decidió que faltaba esta pieza en su imperio.
El primer intento de encajar la pieza fue en el 426 a.C. Atenas había pedido a Melos que pagara tributo y Melos se negó. Así quedó una espina clavada, una anomalía en este imperio de virtud y de hombres libres. Este hecho y la necesidad de obtener más fondos como fuera en previsión de la reactivación del conflicto con Esparta llevó a enviar otra delegación de negociadores en el 416 a.C. Los atenienses desplegaron toda la retórica y dialéctica entrenadas en décadas de debates en la asamblea. Y aún así, los hombres de Melos persistieron en querer conservar su independencia. No quedaba más remedio que recurrir a la fuerza.

Atenas envió treinta y ocho trirremes con 2500 hoplitas, 320 arqueros y 40 unidades de caballería. La llegada de los trirremes y el desembarco de tantos soldados debió ser una escena aterradora para los apenas 1600 habitantes de la isla. De nuevo los atenienses ofrecieron la rendición y de nuevo los habitantes de Melos afirmaron que se ponían en manos de los dioses aunque admitían que sería difícil vencer. La respuesta ateniense no dejaba dudas:
“Creemos en los dioses y sabemos de los hombres que por una ley necesaria de su carácter, gobiernan dondequiera que puedan todo lo que puedan. Y no somos los primeros en aplicar esa ley, o en actuar cuando se aplica: ya existía antes que nosotros y seguirá existiendo para siempre entre los que vengan tras nosotros. Simplemente la utilizamos, sabiendo que si vosotros o cualquiera tuviera el mismo poder que nosotros, haría lo mismo”.
En definitiva, los atenienses declararon que el poder es el que gobierna. La agresión estaba justificada por el tamaño de su ejército.
El asedio duró muchos meses. Melos era una verdadera fortaleza natural con grandes rocas volcánicas y con un manantial que abastecía la ciudadela. Pero finalmente el hambre y las enfermedades se cobraron su parte y el 415 a.C. los últimos defensores acabaron capitulando. Y lo que vino a continuación habría podido ser una escena típica de la invasión persa, pero no fue perpetrada por las hordas de Jerjes. Fue perpetrada por los ciudadanos libres de la Atenas democrática. Mataron a todos los hombres y esclavizaron a todas las mujeres y niños. Décadas atrás Persia había sido derrotada, pero había envenenado el espíritu de Grecia. Quienes se habían erigido en los luchadores de la libertad frente a la tiranía asiática eran ahora la misma clase de carniceros.
Los atenienses tenían una nueva isla. Pero algo se había roto definitivamente en su alma. Mientras ocurría la tragedia de Melos, Eurípides estaba escribiendo Las Troyanas. La visión de las mujeres y niños de Melos en el mercado de esclavos seguramente inspiró lo que dice Andrómaca en la obra, en respuesta a su madre, Hécuba, que afirma que mientras hay vida hay esperanza:
“Madre, escucha mi poderoso argumento que te ofrezco como consuelo a tu corazón. Morir es mejor que vivir sufriendo”.

Pocos escucharon el mensaje de Eurípides. Atenas estaba en la cúspide, pero aún podía aspirar a más. Vivía plenamente en el concepto que ya entonces los propios griegos definieron como hibris, la arrogancia desmedida que lleva a la locura y la destrucción. En pocos años esta hibris hundiría a Atenas para siempre.
CONTINUARÁ