Victoria Amelina era una novelista, ensayista y activista de derechos humanos ucraniana. Tras fundar el Festival de Literatura de Nueva York, que tiene lugar en una pequeña ciudad de la región de Donetsk llamada Nueva York, su equipo lanzó en 2022 la iniciativa “Luchad contra ellos con poesía” destinada a ayuda a conseguir suministros para unidades del Ejército Ucraniano que defendían la región. Autora de dos novelas, ganadora del Premio Literario Jospeh Conrad y finalista del Premio de Literatura de la Unión Europea por su novela Дім для Дома (El Reino de los Sueños de Dom), Victoria Amelina falleció el 1 de julio de 2023 por las heridas sufridas en el bombardeo ruso del 27 de junio sobre Kramatorsk. Desde el tapirismo hemos decidido abrazar plenamente y compartir con vosotros el valioso y hermoso ensayo que escribió en 2022, Expandir los límites de casa: una historia para todos nosotros.

Desde la caída del Muro de Berlín en 1989 muchos creyeron que todas las fronteras desaparecerían. Recuerdo cantar la canción de Scorpions “Wind of Change” en un campamento de verano internacional cerca de Pskov, Rusia, y sentir que la letra realmente me interpelaba directamente:

“El mundo se hace más pequeño.
¿Llegaste a pensar alguna vez
Que pudiéramos estar tan cerca, como hermanos?”

¿Éramos todos “hijos del mañana” que soñaban y creían en un futuro mejor? ¿Dónde estamos ahora?

Los vientos de cambio no fueron más que una ilusión y mi creencia en ello tan solo demuestra que cultural y mentalmente Ucrania siempre ha sido una parte del algo ingenuo Occidente. La diferencia es que los ucranianos están destinados a tener que afrontar la verdad algún día. Algunos lo aprendieron de las historias de disidentes ucranianos como el poeta Vasyl Stus, que fue asesinado en una colonia penitenciaria rusa cinco años antes de que se publicara “Winds of Change” en 1990. Otros como yo tuvimos que vivir el mundo ruso de primera mano para darnos cuenta de que la frontera entre Rusia y Ucrania no es una redundancia o una formalidad, sino una necesidad esencial para nuestra supervivencia.

Parece que estamos todos condenados a cometer constantemente errores sobre dónde acaba nuestro hogar, el espacio seguro de confianza, y sobre cuáles de sus fronteras deberían estar especialmente bien protegidas.

Nací en el oeste de Ucrania en 1986, el año en que explotó el reactor nuclear de Chornobyl y la Unión Soviética empezó a desmoronarse. A pesar de mi lugar de nacimiento y del momento de mi nacimiento, fui educada para ser rusa. Había todo un sistema en funcionamiento destinado a hacerme creer que el centro de mi universo era Moscú y no Kyiv. Fui a una escuela rusa, actué en un teatro escolar que tenía el nombre del poeta ruso Alexander Pushkin y asistí a encuentros de juventud en el centro cultural ruso de Lviv, donde cantábamos rock ruso, mucho más honesto sobre los cambios en Rusia que los ingenuos versos de Scorpions.

Cuando tenía 15 años gané un concurso local y fui escogida para representar a mi ciudad, Lviv, en una competición internacional de ruso en Moscú.

Estaba emocionada por visitar la capital rusa. Las últimas líneas del segundo acto de Las Tres Hermanas de Anton Chejov: “¡A Moscú! ¡A Moscú! ¡A Moscú!” podrían haber sido perfectamente mis palabras. Moscú era el centro de lo que consideraba mi hogar. Mi biblioteca estaba llena de clásicos rusos, y aunque la Unión Soviética había desaparecido hacía una década, apenas había cambiado nada en la escuela rusa a la que fui o en la televisión rusa que mi familia tenía la peligrosa costumbre de ver. Además, aunque no tenía dinero ni para viajar por Ucrania, Rusia invirtió sin dudar en mi rusificación.

En el concurso en Moscú conocí a jóvenes de todos los países que más adelante Rusia intentó invadir o asimilar: Letonia, Lituania, Estonia, Kazajistán, Armenia, Azerbaiyán, Georgia y Moldavia. La Federación Rusa invirtió mucho dinero en educar como rusos a niños como nosotros de las “antiguas repúblicas soviéticas”. Posiblemente invirtieron más en nosotros que en la educación de los niños de la Rusia rural: no hacía falta tentar a los que ya habían sido conquistados con campamentos de verano y excursiones a la Plaza Roja.

Por suerte he acabado siendo una de las peores inversiones de la Federación Rusa.

En Moscú una famosa periodista de la ORT, uno de los principales canales de televisión rusos de entonces, me hizo una entrevista para las noticias de la noche. Me sentí halagada y casi una estrella. La periodista empezó con una pregunta educada sobre si me gustaba el evento y la capital rusa, pero rápidamente pasó a su verdadera agenda. Dijo que todos sabemos que los hablantes de ruso son oprimidos y me invitó a participar en la propaganda: “¿Te sientes oprimida como hablante de ruso en el oeste de Ucrania? ¿Es peligroso hablar ruso en las calles de tu ciudad, Lviv?”

Me quedé en shock al ver que no era una estrella. Simplemente me estaban usado para manipular a los millones de personas que veían las noticias de la noche. La enorme cámara me miraba y tenía ante mi un gran micrófono profesional por primera vez en mi vida. Solo tenía quince años. Pero en ese segundo tuve que decidir al momento dónde estaban las fronteras de mi hogar. A fin de cuentas, no era rusa. Era una chica ucraniana llevada a Moscú para reforzar un relato ruso. Pude haber creído que Rusia era un gran país con la paz como centro, pero solo me sentía así porque veía el canal que ahora estaba intentando manipular a una quinceañera inexperta como yo.

“Debido a nuestra compleja historia sería perfectamente normal que los ucranianos se sintieran incómodos y reaccionaran a veces al oír el idioma ruso. Pero no he sufrido ninguna opresión. ¿Quizás dispongan ustedes de información desactualizada? Soy joven y no existe ese problema entre la generación joven”, contesté.

La periodista, o mejor dicho propagandista, rusa intentó preguntármelo de nuevo, pero mis respuestas no cambiaron. Había fracasado.  

Dudo que llegaran a emitir la entrevista en las noticias. O quizás consiguieran editarla para ajustarla a sus planes. Hoy en día como escritora ucraniana recibo peticiones de entrevistas de diversos canales rusos, pero siempre las rechazo. Ya tuve suficiente hace veinte años.

Recordé esta historia en 2022 al ver una entrevista a un anciano en Mariupol. Estaba desesperado, desorientado y era muy sincero. “¿Se puede imaginar que yo creía en este mundo ruso? ¡Toda la vida pensé que éramos hermanos!”, exclamaba el pobre hombre, rodeado por las ruinas de su amada ciudad. Debe ser mucho más duro darte cuenta de dónde está tu verdadero hogar de una manera tan cruel y a una edad tan avanzada. 

 El edificio donde vivía este hombre estaba en ruinas, y la ilusión de hogar, el espacio que percibía como su madre patria, la antigua Unión Soviética donde había nacido y vivido sus mejores años, había sido aplastado aún más brutalmente. La propaganda dejó de funcionar con él solo cuando cayeron las bombas rusas. La frontera entre la Ucrania independiente y la Federación Rusa surgió en su mente como una barrera crucial, al igual que lo hizo en la mía cuando me di cuenta de que me habían llevado a la festiva Moscú tan solo para mentir sobre mi ciudad en Ucrania y para que los telespectadores rusos pudieran odiarla aún más.

Creo que la mayoría de la gente ahora estaría de acuerdo con que un muro entre Rusia y nosotros sería una buena solución hasta que la sociedad rusa haga cambios importantes. La idea de un mundo en el que todos los vecinos son amigos es una idea bonita para cantar, pero cuando se trata de Rusia, por desgracia no es tan realista. 

Cuando cantábamos la canción de Scorpions nos tendríamos que haber asegurado de que la otra parte entendía la letra en lugar de ponerse a bombardear Grozny, la capital de Chechenia. Si no, sería mejor tener referencias más sabias que canciones pop. Necesitamos narrativas más complejas y productivas.

A pesar de esto siempre es tentador creer en el simple concepto inspirador de darle la bienvenida a todo el mundo como un amigo y un hermano. ¿Pero funciona esta postura?

En un invierno muy diferente de 2019 vi otra colisión entre el idilio imaginario en el que las fronteras solo existen para cruzarlas en busca de milagros y la realidad con todas sus dramáticas historias. Cuando mi familia y yo nos preparamos para celebrar la Navidad en Boston, Massachusetts, me encontré entre un bosque de árboles prometiéndole a mi hijo que escogeríamos el mejor. A pesar de mi falta de experiencia en escoger árboles de Navidad (en Ucrania siempre habíamos usado uno viejo y artificial, pero reutilizable), lamenté no haber pedido consejo de antemano. Seguro que en Internet hay alguna guía para escoger el árbol de Navidad perfecto.

Tuve que pedir ayuda al vendedor para escoger un árbol, pero al parecer estaba demasiado ocupado con otros clientes y estaba claro que necesitaba vender todos los árboles, incluidos los de mala calidad. Pero sabía lo que conseguiría atraer su atención. Tan solo dije que era nuestra primera Navidad en Estados Unidos, y era cierto. Y entonces comenzó la magia del “Bienvenidos a América”. De inmediato el hombre nos convirtió en su prioridad y nos ayudo a encontrar el árbol perfecto. Parecía ser uno de esos americanos auténticos que creen que acoger a los recién llegados es una parte central de los valores americanos.

Sabía por supuesto que muchos pero no todos compartían estos valores en Estados Unidos. Era la época de la [primera] presidencia de Donald Trump. Caminando por las calles de Cambridge siempre me paraba para mirar la foto de una niña que había enganchada a la valla de la iglesia, la foto de uno de esos niños que no había sobrevivido a ser separado de sus padres y detenido en la frontera. El único delito de esa niña pequeña de la foto había sido cruzar la frontera de México para entrar en Estados unidos con sus padres, que tan solo estaban intentando que tuviera una vida mejor.

El vendedor de árboles de Navidad estaba tan enfadado como yo con la política de separación de familias de Estados Unidos. Pero los partidarios de Trump tenían ideas diferentes sobre lo que era América y cómo había que proteger sus fronteras. Teniendo en cuenta que esas familias de inmigrantes nunca habían intentado anexionarse partes del territorio de Estados Unidos ni crear una narrativa falsa sobre Estados Unidos, como hizo Rusia con Ucrania, me resulta incomprensible por qué fue tan fácil cruzar la frontera de Ucrania en 2022 para los soldados rusos y sin embargo tan difícil cruzar a Estados Unidos en 2019 para los inmigrantes mexicanos.

Hay un hecho que permanece indiscutible: la humanidad crea problemas constantemente con las fronteras.

Al igual que los adolescentes inseguros de su identidad, dejamos que entren las personas equivocadas y dejamos fuera a las correctas. Prestamos mucha atención a las apariencias, no solo al color de la piel, sino también “al color del pasaporte”. Deberíamos prestar más atención a valores centrales como la libertad, la dignidad y el imperio de la ley, que compartimos o no. Pero muchos de nosotros nos dejamos engañar por extraños con facilidad, como yo cuando de niña admiraba a Rusia, o los tememos demasiado, como los americanos que sueñan con que haya un muro entre ellos y México. ¿Por qué nos equivocamos tanto al escoger en quién confiar al otro lado de la frontera? Quizá sea porque no sabemos en quién confiar en nuestros propios países. Los “deberes” incompletos de crear un espacio de confianza en nuestros países hace que estemos abocados al fracaso cuando nos enfrentamos a nuestras fronteras exteriores.

Como escritora tiendo a pensar en el hogar como la narrativa compartida por sus habitantes. Las personas y los lugares están vinculados a historias: poetas, autores de teatro, antiguos profetas y novelistas han imaginado los países y ciudades en los que vivimos ahora y sus historias han tenido un gran impacto en nosotros y en nuestras relaciones con otros. ¿Pero en qué historia encajamos todos? Los políticos pueden sugerir muchas respuestas incorrectas. Creen que la historia tiene que ser una historia coherente y simple que sirva para convertir a los niños en ciudadanos patriotas. Pero mi respuesta es más complicada y más directa: la única historia en la que encajamos todos es una historia verdadera.

La verdadera historia de Ucrania es compleja, dolorosa y dramática. Por ejemplo, como muchos otros del este y el centro de Ucrania, mi familia vivió el trauma del Holodomor y fue rusificada. Pero durante mucho tiempo no hubo ningún libro que explicara la experiencia de mi familia ni por qué no heredé el idioma ucraniano de mis abuelos. La decisión de proteger a sus hijos (mis padres) educándolos para hablar ruso era inexplicable y me hacía sentir fuera de lugar. Así que tuve que escribir una novela sobre familias como la mía. Mi ciudad, Lviv, está en el corazón de las Tierras de Sangre, como llama el historiador Timothy Snyder a las tierras entre los mares Báltico y Negro. Y aún así tuve que descubrir por mi cuenta que el Ejército Soviético mató a miles de ucranianos en 1939 o que más de cien mil ciudadanos judíos de Lviv fueron asesinados en 1942.

Nuestros abuelos nunca dieron detalles del Holodomor, la Gran Hambruna, que tuvo lugar de 1932 a 1933. Los versos populares sobre amor, paz y hermandad siempre son más fáciles de recitar que la historia verdadera. Pero solo las historias verdaderas nos incluyen a todos en una gran narrativa que constituye un país y que nos permite ser sinceros los unos con los otros y ganarnos la confianza de todos.

El silencio crea grietas tan profundas que es casi imposible sentirse en casa. Cuando historias como el Holocausto o el Holodomor no se explican del todo no podemos confiar los unos en los otros. ¿Quién eras tú? ¿El hambriento o el que se llevaba la comida en 1933? ¿El que disparó a activistas ucranianos en 1941 o el que buscó a sus personas queridas entre los cuerpos en descomposición? ¿El que miró asustado por la ventana cuando se llevaron a los judíos o el que se los llevó? ¿El que delató al KGB a su vecino o el que ayudó a disidentes ucranianos? Hubo silencios en lugar de las muy necesarias historias. Y cuando faltan las historias verdaderas, falta la confianza. Nos vemos abocados a creer la propaganda y trazar una y otra vez las fronteras equivocadas, sin sentirnos nunca completamente en casa.

Todo cambió en Ucrania a principios de diciembre de 2013, el comienzo de la Revolución de la Dignidad. Después de que la policía golpeara brutalmente a estudiantes en la Plaza de la Independencia de Kyiv, quedó claro que era el momento de impedir que Ucrania se convirtiera en un estado autoritario como Rusia o Bielorrusia. Todo el que se sentía un ucraniano libre tenía que asumir riesgos y salir a la calle. ¿Pero y si otros no tenían el valor suficiente para unirse a las manifestaciones? Entonces los pocos valientes no serían suficientes para enfrentarse a la violencia policial. Para salir a las calles de Kyiv tuvimos que arriesgarnos a confiar los unos en los otros.

Finalmente medio millón de personas salieron a las calles. Es el momento en el que supimos que podíamos contar con la gente. Por fin sentí Ucrania como mi hogar. El hogar no es un lugar mágico y perfecto, sino un lugar donde si te golpean puedes confiar en que tus vecinos vendrán a defenderte.

Los silencios antiguos no desaparecieron milagrosamente, pero ahora confiábamos lo suficiente los unos en los otros como para construir plataformas e instituciones que trataran nuestro traumático pasado. Y había una nueva historia verdadera en la que la pregunta “¿Quién eres?” era respondida por todos cada día desde la Revolución de la Dignidad y la invasión rusa de 2014. Había una guerra en nuestras puertas, pero nuestra visión era clara.

En la primavera y verano de 2014 estaba segura de que ya había comenzado una invasión rusa a gran escala y que la brutalidad se intensificaría y gradualmente se extendría a toda Ucrania. Puse las pertenencias de mi hijo de tres años en una mochila de emergencia para estar listos para ir a un refugio antiaéreo en cualquier momento. Por aquel entonces las bombas no cayeron sobre nosotros. Rusia se anexionó Crimea y arruinó las vidas de los ucranianos de Donetsk y Luhansk pero no fue más allá con toda la fuerza. El mundo no reaccionó. Así que las fronteras de mi hogar estaban claras: coincidían con las fronteras de Ucrania. Nadie más que nosotros mismos estaba dispuesto a ayudar.

Nos teníamos los unos a los otros y eso no tenía precio. ¿Pero qué hay de la hermosa visión? Si aún no podemos conseguir un mundo perfecto en el que todos nos ayudamos los unos a los otros, ¿qué pasa con nuestro agradable continente, Europa? En esos años de la invasión inicial rusa, 2014-2015, muchos ucranianos se sintieron traicionados no solo por Rusia sino también por Occidente. Éramos europeos atacados, pero era nuestro problema.

Milan Kundera inició su famoso ensayo “La Tragedia de Europa Central” con un mensaje del director de la Agencia Húngara de Noticias enviado por telex en noviembre de 1956, poco antes de que la artillería rusa destruyera su oficina: “Vamos a morir por Hungría y por Europa”.

Como escritor checo y una de las personalidades destacadas de la Primavera de Praga, Milan Kundera entendía a la perfección a qué se refería aquel valiente húngaro en Budapest en 1956 al hablar de morir por Europa. Como escritora ucraniana en Kyiv en 2022 no puedo dejar de pensar en el ensayo escrito en 1983 por el autor checo, exiliado después de que fracasara la Primavera de Praga de 1968.

Nosotros, los europeos centrales, estamos dispuestos a luchar por Europa incluso en los momentos en los que nuestro amor no es correspondido. Esta disposición a morir por Europa a pesar de su traición e indiferencia es lo que nos hace principalmente europeos centrales, en 1956, en 1968 o en 2014.

“Vamos a morir por Hungría y por Europa”, dijo el director de la Agencia Húngara de Noticias, pero Europa no vino al rescate de su país. Tampoco vino al rescate de los checos durante la Primavera de Praga en 1968, o de los ucranianos en 2014. Si ser europeo central es ser traicionado por Europa, no hay duda de que Ucrania es un miembro del club.

Sin embargo, cuando Rusia comenzó la invasión de Ucrania a gran escala en febrero de 2022, Europa acogió a los ucranianos y los aceptó incondicionalmente.

Estaba en el extranjero en el momento de la invasión. Mi vuelo desde Egipto a Ucrania salía a las 7 de la mañana del 24 de febrero de 2022. Cancelaron el vuelo, por supuesto. Rusia estaba bombardeando los aeropuertos ucranianos, de Kyiv a Ivano-Frankivsk. “¿Se ha enterado?” me dijo un funcionario egipcio en cuanto entramos en la terminal. Por un momento no respondí, así que siguió repitiendo como si quisiera que me diera cuenta: “No puede volver a su país”.

Tras pasar una hora entre una multitud desesperada de ucranianos, fuimos los únicos que se quedaron en el pequeño aeropuerto. El resto de ucranianos se marcharon del edificio y se subieron a los autobuses que trajeron sus agencias de viajes.

Ese día compré unos billetes disparados de precio de Egipto a Praga, donde Milan Kundera había luchado por su hogar y por Europa en 1968. En el aeropuerto de Hurghada ciudanos de la Unión Europea hicieron el check in con calma y pasaron hacia el área del control de seguridad. A los ucranianos nos pidieron que esperáramos a un lado. Intentamos explicar que los ucranianos hacía ya años que podíamos viajar a la Unión Europea sin visado. Pero los empleados de la compañía aérea dijeron que eso ahora no era válido: Praga tenía que decirle a los egipcios si estaban dispuestos a dejarnos entrar en el país.

“¿Y si no nos dejan entrar?”, me preguntó en voz baja mi hijo de diez años.

No sabía qué contestar y me limité a apretar la mano de mi hijo. Estaba pensando en el director de la Agencia Húngara de Noticias enviando su último mensaje en 1956. No hay nada garantizado. Como el protagonista del poema de Robert Frost, “La Muerte del Jornalero”, en esencia no tenemos hogar. Nadie “tiene que dejarnos entrar”.

Otros ucranianos y yo esperamos durante una hora a que Praga comunicara su decisión, hablando de los rumores sobre un hombre ucraniano al que no habían dejado anteriormente subir a su vuelo a Alemania. Entonces nos anunciaron el veredicto: “Pueden ir”. 

No estaba segura de lo que pasaría ni siquiera cuando llegamos al aeropuerto de Praga. Recordaba la foto del niño sirio ahogado en una playa mediterránea. ¿Tendríamos más suerte que los sirios o los kurdos? Ese día no sentí tener nada de suerte.

La funcionaria de fronteras checa miró nuestros pasaportes y después nos miró a nosotros. Estaba más interesada en las expresiones de nuestras caras que en los detalles de nuestros pasaportes: quizás era nueva en el trabajo y aún no había visto a personas cuyo país estuviera siendo bombardeado por la Federación Rusa. Creo que nos miraba con compasión. Selló nuestros pasaportes sin hacer preguntas. Y me di cuenta de que lo sabía: el mundo entero nos estaba mirando. Empecé a llorar y no podía parar, y cuando mi hijo me preguntó por qué lloraba, le contesté:

“Porque estamos en casa”.

“Pero esto no es Ucrania”, contestó.

“Es Europa”, contesté, como si la palabra “Europa” pudiera explicarle todo a mi hijo.

Estábamos cayendo y nuestros conciudadanos europeos estaban preparados para cogernos. Pensé que los límites de casa acababan de expandirse.

No tuve suerte ese día. No la tuvimos ningún ucraniano. Pero seguía pensando en el director de la Agencia Húngara de Noticias en 1956, en Milan Kundera en 1968 y en Oleh Sentsov en Crimea en 2014, pensando en si el patrón estaba cambiando. ¿Se pueden mover los límites de casa?

Poco después me enteré de que los billetes de tren en la República Checa y en Polonia eran gratuitos para los ciudadanos ucranianos que acababan de marchar de su tierra. Viajé en tren de Praga a Polonia y el tercer día de la invasión finalmente crucé la frontera de vuelta a Ucrania. 

En la frontera entre Polonia y Ucrania fui testigo de una desesperación y miedo indescriptibles. Niños pequeños arrastraban pesadas maletas y sus asustadas abuelas y madres parecían aún más desorientadas que ellos. Oí los gritos en la multitud cuando alguien fue aplastado y la potente voz del guarda fronterizo que estaba intentando que los refugiados le prestaran atención para evitar una tragedia. Pero todas estas personas iban a ser aceptadas e incluso bienvenidas en la UE. Puede que no lo supieran en ese momento, sufriendo frío, hambre y miedo en la frontera, pero en ese momento los límites de su hogar, Europa, se estaban expandiendo para incluir a Ucrania.

Europa era el hogar, y demostró ser un espacio en el que podíamos contar con la gente, al igual que los ucranianos contaron los unos con los otros en Maidan en 2013-2014.

Los ucranianos somos muy conscientes de los debates sobre la “exclusividad” de los refugiados ucranianos. Aunque comparto las preocupaciones sobre el racismo y la islamofobia, creo que lo que le ha pasado a los refugiados ucranianos fue más que un acto de bondad. Fue un cambio de perspectiva, un cambio en la historia de Europa, y finalmente un cambio en las fronteras de lo que los ucranianos y otros europeos consideran su hogar compartido.

La historia narrada por Milan Kundera en “La Tragedia de Europa Central” sigue siendo cierta, pero ya no es relevante. A diferencia de 1956, 1968 o 2014, Europa vino al rescate de uno de los suyos y amplió las fronteras de casa. Los ucranianos ahora luchan no solo por Ucrania, sino por Europa también.

Esto puede que no tenga por desgracia mucho impacto en los refugiados de Siria o Sudán. Pero creo que los actos de bondad hacia un grupo de refugiados nos pueden enseñar a todos, ucranianos incluidos, a ser más bondadosos hacia otras personas que huyen de guerras. Podemos escoger pedir o cantar una hermandad utópica o podemos trabajar con constancia para expandir los límites del frágil espacio compartido de confianza que tenemos. A pesar de todos los obstáculos, aún creo que el sueño de un mundo sin fronteras debería ser nuestra inspiración. A fin de cuentas, incluso las estrategias corporativas muchas veces comienzan con una visión idealista. Así que tenemos derecho, e incluso la obligación, de “tener ahora y después una visión de un mundo donde cada vecino es un amigo”, como cantaba ABBA en otra triste pero esperanzada canción. Puede que nunca hagamos realidad esta visión, pero se puede convertir en una estrategia que mejore la realidad.

Nadie está obligado a acoger a un extraño o mostrarle su amor, pero pasa. Este amor se convierte en una historia verdadera que cambia todas las historias futuras, incluidas las de los refugiados.

En junio de 2022 fui a Bruselas y fui en autobús del aeropuerto a la ciudad. Iba a una reunión en el Parlamento Europeo para hablar de la responsabilidad de los crímenes de guerra rusos. El autobús estaba lleno de hombres vestidos de traje, claramente todos ellos de camino a instituciones europeas. Sin embargo, quizás fui la única que se dio cuenta de la ironía de la canción que comenzó a sonar en el autobús: “Sigo el Moskva hasta el Parque Gorky…” cantaba el cantante de Scorpions en el aire de una de las capitales de la Unión Europea en 2022. Los burócratas vestidos con caros trajes siguieron escribiendo en sus portátiles, sin prestar atención a la canción y su historia. Yo sabía que no encajaba en esa historia. Pero sabía que veníamos a Bruselas a escribir una narrativa completamente nueva para todos, no a cambiar una lista de canciones lamentable en un autobús de aeropuerto.